por: Krystell Ramos

Nado sola en el inmenso mar. La tripulación fue masacrada. Salté al agua buscando libertad. Pequeños fragmentos de historia llegan a mi mente, pero sigo sin recordar por completo lo sucedido. No quiero hacerlo. Tengo frío. La noche se acerca y la temperatura desciende.

Parece que no logro avanzar. Se vislumbran los mismos patrones en cualquier dirección. El camino es infinito, circular. Tengo que salir de aquí. No sé cuánto tiempo aguantaré la presión.

El mar empieza a agitarse. La oscuridad me envuelve. El cielo se fusiona con el mar. El vacío me consume. Ya no puedo ver siquiera mi reflejo ¿Sigo aquí? Escucho las olas estrellarse entre sí, el viento enfurecido y mi sollozo que poco a poco se convierte en un llanto escandaloso. Me siento abrumada. – ¡Calla! – grito al aire.

Me aislé dentro de mi mente. – Fui yo – Empiezo a recordar. La situación en el barco era crítica y aún así disparé. Regresábamos de un viaje a la Isla Tritones. Júpiter, mi hermano mayor, era el capitán. Se encontraba lesionado desde la última batalla.

Ya no podíamos ignorarlo, agonizaba. Venus, mi hermana, a pesar de la interminable rivalidad con Júpiter, lo cuidaba. Ambas decidimos llevarlo a la Isla. Dimos la orden a los tripulantes y emprendimos el viaje. Al llegar, le pedí a Venus que tomara el mando mientras yo acompañaba a Júpiter con nuestros aliados.

 

Siempre supe que era diferente. Esa noche me encontraba preocupada, ansiosa, y el Jefe de la tribu me pidió que lo acompañase a la fogata. La mujer de más edad tomó mis manos y me dijo que concentrara toda mi atención en el fuego. Lo hice. Me perdí en la belleza de su movimiento. Extendí las palmas instintivamente y comencé a manipular el danzar de la llama. – Eres elemento fuego, ¿lo sabías? – me dijo la anciana. Sonreí sin saber a qué se refería.

La preocupación por Júpiter se había desvanecido con el calor. De pronto sentí una mano sobre mi hombro, era el Jefe asintiendo con la cabeza. Lo miré directamente a los ojos y luego regresé la vista al fuego. Lo vi. La humedad secaba y el calor enfriaba. La lluvia nacía de la tierra y los árboles del cielo. Caminaba con las manos y respiraba por los ojos. Pensaba con el cerebro y no con el corazón. Ya nada tenía sentido. – ¿Qué es esto? – pregunté alterada. La mujer extendió sus brazos como si fuese a darme un abrazo y temblorosa, di un paso atrás. – El pasado, el presente y el futuro – dijo mientras me alejaba.

 

Al amanecer, Júpiter se encontraba recargado. Nació un hombre nuevo. Reía sin medida con nuestros anfitriones. Era increíble, los malestares habían desaparecido en tan solo una noche. Mientras tanto, no dejaba de pensar en las imágenes que el fuego me había mostrado. Me sentía agotada. Mis piernas apenas y podían moverse. Nos dirigíamos hacia el barco. Venus nos saludaba a lo lejos.

La libertad me enjauló. No podía mirarla. – ¡Espera!, el Jefe nos dará algunas ofrendas para el camino – gritó Júpiter. Me detuve. Giré y asentí. – Ella no necesita regalos – dijo mi voz interior. Mis labios seguían sellados, mientras las visiones continuaban desenfrenadas. Subimos al barco y partimos a casa. Me pasee de un lado a otro sin encontrar consuelo. Subí, bajé y entré a todos los rincones, desesperada. Cerré los ojos y respiré profundo. – ¿Todo bien? – preguntó, Venus. La miré y disparé.

Gritos, quejidos y aullidos retumbaban dentro de mí. Los tripulantes se dividieron en bandos. Los sonidos se hacían más intensos e insoportables. La ansiedad, los temblores, las palpitaciones y la desesperación, consumiéndome. Pánico. ¿Ataque o defensa? ¿Buenos o malos? ¿Júpiter o Venus?

 

Tengo frío. Veo mis manos y no las reconozco. – Lo hice – me repito una y otra vez.

Las olas se han calmado, pero aún siento un hormigueo. Un ser marino se enreda en mis piernas y me sumerge. Intento moverme pero mi cuerpo no responde. El hormigueo se extiende. Los tentáculos rodean cada vez más superficies. Siento las contracciones involuntarias de mi organismo. Estoy débil. La presión es demasiada. Por un segundo logro sacar la cabeza a la superficie y jalo aire. Mis respiraciones son cortas y repetidas. Jadeo. No puedo respirar. Me ahogo. El agua encuentra un flujo de entrada y salida en mi rostro. No puedo moverme. Duele. Necesito ayuda. Perderé el conocimiento, estoy segura. Quiero luchar. Necesito luchar. Ya no queda tiempo. Me sumerjo en el abismo y me elevo.

– Oye, te volviste a perder en el cielo. ¿Estás bien? – preguntó Nadia, mi roomie. – Sí, sólo me observo – contesté y volví a respirar.

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