Texto y fotografía por: Una Buena Brujer

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“Colabóreme un poco más” – dijo aquella venezolana estirando entusiasmada el brazo, y en mano un vasito plástico al tlachiquero (trabajador que extrae el líquido de esa planta) con la bota repleta de aguamiel, vaciado segundos antes de aquella piña de agave frente a nuestros sorprendidos ojos; para después de un golpe terminárselo con singular alegría.

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¿Yo?, yo estaba fascinada con mi amada Pachamama por regalarnos esta prodigiosa bebida llena de minerales y vitaminas del corazón de su tierra; y de un brinco me asomé y vi el contenedor natural de esta fresca bebida que todos disfrutamos en el pleno rayo de sol.
Decepcionada vi cómo mis compatriotas mexicanos no compartían el entusiasmo de esta extranjera, cuando un enorme agave robó mi atención a unos pocos metros. Está imponente cactácea de más de 3 metros, me contaba historias de antepasados que aún amaban su tierra, que no se avergonzaban de sus orígenes, y respetaban cómo se respeta lo que nos nutre, lo que nos sostiene.

Hablo de sus descendientes contemporáneos que se emocionan con el sonido de los escandalosos guitarrón y trompeta de un mariachi en cada ocasión, no sólo un 15 de septiembre el calor de los tequilas; hablo de los mexicanos que crían digna y honestamente a sus hijos, que no compran música y artículos robados, que no arrojan basura en las calles, que respetan y hacen respetar el proceder correcto. Aún si nadie los ve.

De los que eligen leer un libro o ver un documental con propósito, a empacharse de televisión barata, vulgar y para nada educativa; de los mexicanos que devuelven un cambio de más a la cajera del supermercado, que no son indiferentes al dolor ajeno, que son respetuosos y discretos al ver a una persona con algún tipo de discapacidad por la calle; que son prudentes con el volumen de la música en sus fiestas sólo porque sus vecinos merecen dormir, y por simple respeto.

Me enorgullece que un mexicano dedicado al turismo, dé prioridad a sus compatriotas y no se deslumbre por unos dólares ni por un idioma distinto al suyo. Por aquel que tooodos los días le chinga a su trabajo, que ama su faena; Y realmente es productivo, no por aquel que “hace como que trabaja porque la empresa hace como que le paga”, y que no toma un lápiz, un clip, ni un centavo que no sea producto de su trabajo.

Aquella venezolana me emocionó al solo maravillarse de todo lo increíble que tenemos y somos al ser mexicanos; sus ojos no le alcanzaban para admirar el limpio y azulísimo cielo, la majestuosidad de una carnosa y enorme penca de maguey, y de la libertad que tenemos los mexicanos de visitar un lugar cuando nos viene en gana por cualquier estado del país, comer a placer de su noble tierra y la libertad que a ellos tanto les falta.

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Los comensales de aquel manjar fermentado no es que estuvieran entonaditos, tenían mucho mareo al final de su pulque; mientras una mujer en tono de regaño preguntaba su esposo: “cariño, después de esos tres curados, ¿todavía estás sobrio?”, a lo que él -y para placeres de los que escuchamos la conversación-, contestó: “-no, todavía no-”. Así, es cuando las risas de un mexicano son más divertidas que el chiste en sí.
…Me pregunto si el aguamiel y los tlacoyitos de alberjón con salsa picosita y cilantro que me dieron a degustar, pensarán tanto en mí como yo en ellos en este momento… (Lapsus meditativo que quería compartirles)

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Yo amo al México que se ama a través de sus mismos paisanos, no por encima de ellos. Amo al México que deja de quejarse y se pone a leer, a autoinstruirse, enorgulleciendo a su familia. Al que se corrige así mismo y deja de juzgar al de lado; al que tiene hambre de ser su mejor versión a través de la disciplina, y cesa de embrutecerse con alcohol cada fin de semana.

Ese día, varios coterráneos quedamos curados de un trastorno de déficit de cariño a México, y nos llenamos el pecho de agradecimiento por ser parte de una tierra tan noble y tan bendecida.

¡Amo a los mexicanos enamorados de México! (y conste que no es mes patrio).

 

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