Mayo 2019

Por Una Buena Brujer

 

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Debo  controlar  mi  risa  burlona,  cuando  la  escena  de  ese  jefe  de  baja estatura y delicada naturaleza, posado en su trono  (un sillón de piel costosamente prolijo), pasa por mi mente. “¿Quiere que revisemos estos cuatro mil pendientes que dejó cuando se fue de vacaciones por (literalmente) dos meses?”  –pregunté ávidamente, mientras ponía mis documentos sobre ese escritorio suyo de varios miles de dólares- “ahora no, empleada… me siento muy débil”.

¡¿QUEEÉ?! Preguntaron en silencio mis ojos abiertos como platos, mientras él tomaba sus pertenencias, tres teléfonos móviles de última generación, su loncherita fashion importada con jugos antioxidantes orgánicos carísimos, sus audífonos inalámbricos supersónicos, sus tres recetas médicas de diferentes doctores, -por aquello de su hipocondría- y su portafolio de piel con cuarenta compartimentos. ¡No! corrección, cómo estaba tan débil, soltó su portafolio y me pidió que le ordenara a su chofer subir a su oficina por éstos, ya que, si cargaba tal peso, desmayaría en las escaleras.

Me recuerdo con tristeza en esa silla secretarial, atendiendo penosamente cien asuntos al mismo tiempo, y ahogando mis ganas de carcajearme en su cara, ocultando mi nariz de payaso (de verdad, tenía una nariz de payaso en mi cajón),  y mi sonrisa al presenciar algún logro de mis compañeros, y también mis cocadas en un archivero lleno de emociones, proyectos y vida perdidos de ocho de la mañana a seis de la tarde.

“Necesito que te concentres, empleada; estas copias fotostáticas que me traes no están mi-li-mé-tri-ca-men-te derechitas, y necesito otros doscientos cambios en mis viajes personales…a ver esclava, debes adivinar mis pensamientos y atender amable y ultrarrapidísimamente las demandancias personales en los gritos incongruentes de mi esposa embarazada por quinta vez, de lo contrario…”   me repetía una y otra vez ese mismo jefe, que no se atrevía a bajar a conocer a sus empleados, conducir su propia camioneta, distinguir de un auto estándar o automático, ni salir solo a ningún lado.

Alguna vez, hace ya varios años alguien sabio y con más talento para vivir que ese joven heredero de un imperio me dijo: “pa’ mandar, hay que saber hacer”, mientras emocionado arremangaba su camisa y abandonaba su oficina para bajar al inframundo del proceso productivo, entre obreros de buen corazón y maquinaria sucia.

¿Cuántos líderes auténticos, sabios y justos, encabezan la industria en nuestro país?, hablo de aquellos hombres y mujeres que, convencidos de que el recurso humano es el engranaje clave, saben ser equitativos, no les tiembla la mano para tomar decisiones inteligentes y sensatas; y no tienen favoritismos con empleados serviles y portadores de chismes de oficina, que le repetían: “pase usted, mi amadísimo jefecito, lo llevo en mis brazos a su auto… además sus axilas no huelen”.

Sobreviví años en este ambiente rastrero que tranquilizaba y encantaba a mi jefe de aquel entonces.

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Debo continuar esta hermosa historia, otro día con más calmita, y menos aversión. Mientras, te comparto unas citas de personajes mucho más listos y más divertidos que aquel jerarca de oficina:

“La humildad y sumisión no son, de ninguna manera sinónimos”.    (Anónimo).

“Sólo el que manda con amor, es servido con lealtad”.    (Francisco de Quevedo)

“La tiranía es una discapacidad que afecta a pobres infelices que se encuentran con una miserable dosis de poder”.    (José de San Martín)

 

 

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