Alejandro H.M.ag

Después de muchos años, dos seres se separan en el mejor momento de sus vidas para emprender el camino que juraron cruzar juntos. Ahora les espera un mundo nuevo, gigante y cruel que espera por gente joven para convertirlos en sujeto experimental de la sociedad hasta que logren superarlo.

Para eso están los amigos, a los que se puede buscar para contar una y mil ideas salidas de una mente desordenada; para eso está la familia, que incondicionalmente apoya sin importar los fracasos; o el trabajo que absorbe de tal manera que no da tiempo de pensar en los pasos erróneos que se ha dado.

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Pero no siempre se tienen ganas de charlar con alguien; preferible poner buena cara con la familia y el trabajo es lo que menos ánimo genera. Sólo queda algo que no pide explicaciones, al contrario, ofrece respuestas: la música.

Las primeras horas o días, siempre estarán presentes tres clásicos incomprendidos en la historia de la música para gente estable: Radiohead, The cure y The smiths. Bandas con armonías y letras capaces de hacer pensar en abortar toda misión de vida: ‘Street Spirit (Fade Out)’ o ‘Exit Music (For A Film)’ por parte de los primeros; ‘Pictures Of You’ o ‘Desintegration’, de Robert Smith y compañía; y la demoledora “I Know It’s Over” en la voz de Morrissey.

Pareciera que ellos comprenden la situación en la que se ha caído y esperan llevarte al fondo para que después lo único que venga sea la cima. La cual aún ves lejos mientras suena ‘I Don’t Know How To Reach You’ de Suede, ‘Black’ de Pearl jam o ‘Wish You Were Here’ de Pink floyd.

Pero el tiempo avanza y ahora la culpa se transforma en soledad, empiezas a escuchar con mayor atención canciones que te hacen pensar en el tiempo y espacio habitado: Ian curtis parece tener más preguntas que respuestas, Interpol y la estrella negra, David bowie, hacen dudar si en verdad se debe seguir o regresar a lo deshecho.

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Quizá este último haya dado un halo de esperanza, un resplandor que guía a la salida del pozo sin sentido en el que se cae después de una ruptura.

Empieza una introspección (con MGMT, Yuck, Tame impala, Beach house o Moderat) que puede durar semanas, en donde la ventana del autobús puede ser tu mejor espejo.

Al fin comienza el reencuentro y la mente reclama música con mayor ritmo, tal vez algo ligero como Wild nothing, Mint field, Hawaiian gremlins, Beach fossils o Air, para volver poco a poco al mundo caótico que se abandonó hace años.

Ahora todo dependerá sólo del individuo, de lo que tome y deje pasar en el transcurrir de los días. Dependerá de la vida que quiera llevar y en la que se encuentre con lo que creía perdido: el desenfreno de Black lips, el baile de Pulp, la experimentación de Thee oh Sees, el desinterés de The cribs o The libertines o la sobriedad de My morning jacket.

Evidentemente lo aquí descrito no aspira a ser una guía, pues cada proceso es diferente. Sólo pretende ilustrar la agonía de una vida en un pequeño mundo creado por sueños, ilusiones y objetivos. Metas que se alcanzarán con perseverancia y ambición; con amigos y familia; acompañados del soundtrack de una vida que apenas comienza.

Tal vez ahora Thom yorke sea el mejor confidente, y el plan de Kurt Cobain no parezca descabellado; pero pronto las dudas se disiparán y se caerá en cuenta que la vida sólo es una montaña rusa en la que más vale disfrutar la cumbre, porque inmediatamente viene la caída.

La vida se disfruta cuando se cae en cuenta que sólo es una ‘Sinfonía agridulce’.

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