Por Una Buena Brujer

  • Facebook
  • Twitter
  • Gmail

Negrito me ignora socarronamente, mientras lo llamo con cien sobrenombres acaramelados –dulzura que no acostumbro en humanos-, con la finalidad de ver volar su orejitas corriendo a saludarme.  Finalmente se apiada de mí en cuclillas, pasa su lengua por mi cara un par de veces antes de escaparse nuevamente, antes de que lo atrape en un abrazo.

Un año atrás, llegando de un godín y lluvioso día, vi a este perrito mezcla de schnauzer temblando de frío y escurriendo de una de sus orejas trozadas por alguna pelea, en el portón de la que era su casa, esperando afuera por sus amados humanos, una familia mezquina y de precaria conciencia. (En mi pueblo les llaman de otra manera, pero… dejémoslo así, porque lo alvaradeña emerge de mi brujo ser).

Vi esa casa a oscuras varios días atrás e imaginé que ese mini clan troglodita vacacionaba, y como era costumbre, olvidaba a Negrito a su suerte mientras regresaban. Cuando me acerqué a él para resguardarlo en casa, con una angustiada mirada, me hizo entender “¿¡Y qué tal que llegan y no me encuentran?!”, mientras se resistía a dejar esa fría y enlodada banqueta. –“Mañana llegarán… mientras tanto comes algo”- le dije, y durmió nerviosamente en la sala.

“Ah, ese cubano y su familia se mudaron hace varios días y aquí lo abandonaron”, me dijo otro indolente vecino al verme tocar inútilmente el timbre de aquella casa al día siguiente… no puedo pasar a lápiz la rabia que sentí con aquellos cerebrosdepaja; y al mismo tiempo una vivaz colita suplicaba nuevamente en ese mismo portón que nunca más se abriría para él.

Ese, mi niño Negrito, continuó esperándolos en vano por varios meses más en aquel ventanal, con la misma emoción, la misma colita inquieta, y con el mismo amor…

Decidí pedir al veterinario que lo esterilizaran, -quitarle los “aretitos” pues-, diría mi doctora de humanos favorita-, una tarde cuando un pastor alemán no tuvo más remedio que responder a su agresividad a la vez que mi peludo trataba de defenderme. Finalmente aquel perrito de ojos capulín ya tenía dos casas y muchos amores: una vecina y yo compartíamos su cuidado, su amor y su presencia pura en nuestras vidas.

  • Facebook
  • Twitter
  • Gmail

Yo, que soy una madre de perros chifladasobreprotectoraobsession, no le permitía salir con puntos de sutura en su convalecencia, si no era con correa y mirada loca tipo nadiemelotoqueomeloquebro, pero Negrito con su autónoma y libre personalidad, temía que algún día, literalmente, me lo comiera de todo el amor sofocador chiflado que tengo, y sólo me regale su amor puro, “de lejitos” y sin abrazos ahogadores.

¿Qué parte del ser humano transmuta de luz a oscuridad conforme dejamos la infancia? ¿Qué punto de inflexión nos convierte en narcisistas, resentidos o amantes del victimismo?… y, ¿qué hace que un perrito mantenga su divinidad pese a convivir con nosotros? Cómo mencionaba Milan Kundera: «Los perros son nuestra conexión con el cielo. Ellos no conocen el mal, la envidia ni el descontento”.

Negrito, en su pureza intacta  y cicatrices de maltrato y abandono, me enseñó sabiamente a darle espacio, a amarlo con la seguridad de que su nueva adoptante sabrá cuidarlo, y que tooodo este amor que se me desborda al escucharlo ladrar a distancia, también haga que respete su individualidad, y valore los momentos que él me regala al verlo por ratitos cada tarde, cuando esta Buena Brujer llega en su escoba de soledad del trabajo.

Comentarios con Facebook