Texto por: Amparo Bojórquez

Fotografía por:  Amaranta Juvenal

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La vida me llevó a tomar tres taxis en un día. El recorrido entre el punto A y el punto B que se vuelve una plática entre dos personas completamente distintas.

Nunca he sido la persona más sociable. Mis amigos lo saben, mi familia lo sabe, hasta en el trabajo lo saben. Sin embargo.

(Sin embargo)

Santa Fe queda lejos del resto de la Ciudad. El trayecto de algunos fines de semana entre varios puntos casi siempre me lleva a tomar un taxi por aplicación. Una vez arriba, mi instinto dormido de la curiosidad, la búsqueda por la historia extraña y la conversación inusual a veces triunfa, y acabo sacándole plática al taxista.

La vida me llevó a tomar tres taxis en un día.

El primero, un hombre joven, güero. Parecía de la clase que sería reticente a charlar, pero el tráfico pronto lo hizo emitir alguna queja. Le pregunté si al menos, pagaba bien ser chofer.

“No lo suficiente para pagar mis deudas, pero algo es algo”

Me sorprendió su respuesta. El carro y la ropa no hacían parecer que tuviera problemas de dinero y así se lo hice saber, pero volteó a verme con una sonrisa irónica.

“Le debo 200 mil al banco por una tarjeta”

Su satisfacción ante mi cara de sorpresa pareció impulsarlo a aclarar que fue por ayudar a su mamá enferma. Proclama historia conmovedora de amor filial que casi me convence, para después admitir que la otra mitad de su deuda se debe a gastos derivados del viaje al mundial de Rusia el año pasado.

“¿Qué son las facturas? Un pagaré. El banco dice que lo que te gastes se lo debes. Pero eso no viene en el contrato. En ninguna parte de forma legal dice que lo que te gastes se lo debes. Después de que debes mucho aumentan los intereses y ya no hay forma de pagar, estarías pagando los puros intereses, ni siquiera tu deuda. ¿Y qué haces? Pues dejas de pagar. Te amenazan con quitarte tus bienes, pero yo rento. No tengo bienes. Cuando pasan tres meses el banco vende tu deuda, y otra compañía la compra, se ofrece a pagarla. Pero no vuelves a tener crédito. Yo voy a invertir. Cuando gane lo suficiente voy a pagar mi deuda completa. Y tu crédito sube muchísimo, porque sí pagaste al final”.

Me bajo en mi destino. Contribuyo con un granito de arena a pagar la dichosa deuda y me pregunto si en unos meses su amor al fútbol lo llevará a la cárcel.

Me dedico a mis asuntos y unas horas después me subo a otro taxi.

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Otro hombre, más maduro que el anterior. Está rapado al ras, sus brazos se ven fuertes, tostados bajo el sol y mis prejuicios me alertan, pero tiene una sonrisa amable al preguntarme como todos si se va con el GPS o le digo mi ruta. Siempre elijo el GPS. El sol se pone sobre la ciudad, el Iztaccíhuatl se ve claro y enorme, recortado sobre un cielo naranja grisáceo. Me comenta sobre el sol, que pega y calienta sobre nuestros rostros.

Le pregunto si el clima ha estado así estos días, aunque ya sé que sí. Me contesta que entre semana no se siente tanto. Pero podría ser por que usa otro carro, añade. ¿Carro del trabajo? pregunto. La patrulla, me dice.

Me vuelvo a tensar al saber que es un policía. En México no siempre los vemos a los agentes de la ley como el símbolo de seguridad que deberían ser. Nuevamente tengo prejuicios, pero trato de usar la presunción de inocencia con él.

“¿Cómo es ser policía? ¿Ven muchas cosas feas”

“Si…sí, pues sí. Pero uno se acaba acostumbrando. Unos cambian….pero yo no. Yo nunca he hecho nada malo, aunque si hay unos compañeros que se ponen perros”

“¿Y…la corrupción?”

Nuestros ojos se encuentran por el espejo retrovisor. Los suyos son casi negros, pero con el sol de frente que no alcanza a cubrir la cubierta bajada, brillan en un tono café oscuro.

“Hay compañeros. De que los hay los hay. Pero no somos todos. Yo he estado ahí 15 años. Nunca he tomado un peso que no fuera mío, eso sí puedo decir. Nunca. Gracias a Dios”

Su patrulla regula Nezahualcoyotl. Solamente Nezahualcoyotl. Y eso lo saben también los delincuentes.

“Había ahí una…pues una rivalidad entre los compañeros de Chimalhuacán y nosotros. Si alguien agarraba un carro o robaba y se pasaba de Neza, ya no íbamos tras ellos. Se enojaban los de allá. Por meternos en su territorio. Ahora ya no tanto, nos comunicamos más…les decimos que se fueron para allá. Pero antes no. Siempre se iban para allá por eso”

Nuestro tiempo se va acabando y por supuesto por pura intriga le pido su opinión sobre la Guardia Nacional. Él votó por Andrés Manuel. Tiene confianza en el presidente, se le nota en la voz, aunque no entiende cómo va a ayudar el proyecto.

“Uno confía ¿no? Que a lo mejor sea algo bueno. Que nos den más dinero…no para quedárnoslo. El uniforme que tenemos nos lo compramos nosotros. Nos dan uno ahí, pero están tan feos que se despintan en el sol. Se ponen morados. ¿Quién va a respetar a un policía vestido de morado?” y se ríe.

Me bajo por fin, los mexicanos nos reímos a veces de las desgracias, porque ¿qué más queda?. Por la noche me subo al último taxi, que me llevará por fin a casa.

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Esta vez es un joven, casi de mi edad, un poco más chico.

Su auto también es chico, un Spark que es de sus papás. No les reporta cuánto gana, ellos tampoco preguntan. Se conforman con que esté fuera de las calles, de las drogas y las fiestas. Estudia y después trabaja.

Su sueño es estudiar mecánica, poner un taller. Cuando triunfe el taller, que no está en sus planes la posibilidad de que no lo haga, poner una taquería. Cuando triunfe la taquería, poner otra taquería. Casarse. Tener un hijo.

Tiene su vida planeada, y recuerdo a mis compañeros o amigos cuando apenas salíamos de la universidad. Ninguno tenía muy claro a dónde iba, o porqué, o cómo. La certeza de este casi niño me asusta un poco.

“Dios me guía”, me contesta cuando le pregunto de dónde viene su seguridad en que todo, de alguna manera, saldrá bien. Me quedo sin palabras, un silencio ateo, que atrae su atención y me pregunta si yo también creo.

“Yo no” trato de contestar de la forma más conciliadora que poseo, “pero respeto a los que lo hacen”.

Empieza a hablar de su fé. Algo, dentro de él, que le dice que lo que vemos no lo es todo. Algo, fuera de él, que vive en los árboles, en el sol, en la lluvia, en el amor. Su novia se curó de cáncer. Eso, también, le indica que Dios si existe.

¿Por qué no creer?, insiste. No hay pruebas de que sí, respondo débilmente a lo que rápidamente contra ataca. Tampoco de que no.

Si existe, le digo en un arranque de incredulidad, poco o nada le importa lo que hacemos aquí abajo. Se queda sin palabras por más de cinco minutos cronometrados.

Antes de bajarme le hago una última pregunta polémica: ¿y los gays?

Me dice que está mal. Le digo que si Dios es amor, por qué estaría mal amar.

Me contesta que lo va a pensar, y a la otra me avisa.

Concuerdo, y me bajo.

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